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Publicado el 21/07/2012
Es un bromista empedernido. Le dicen el pico de oro por su facilidad de palabra. En su mesa no le faltan el queso y el mote vallegrandinos
En su infancia vivía en una casa de adobe y ayudaba a su padre a trabajar. Gracias a una beca pudo terminar sus estudios

 Sociales VIP no puede dejar pasar la ocasión para celebrar a uno de los personajes más importantes del país, que conmemora un acontecimiento muy importante en su vida. El Cardenal Julio Terrazas Sandóval y Arzobispo de Santa Cruz desde hace 21 años, celebra los 50 años de su ordenación sacerdotal, acontecimiento que tuvo lugar en el año 1962 en Vallegrande.

 
Muchos conocen las distintas facetas de la vida pública de Mons. Terrazas, pero muy poco se ha abordado sobre el lado humano de este apóstol de Cristo, cuya principal característica es el trato cordial con la gente sencilla, la constante preocupación por los jóvenes y su fino sentido del humor que le permite relacionarse mejor con quienes lo acompañan.
El sacerdote Pedro Durán recuerda algunos de loss rasgos de la personalidad del Cardenal.  Mons. Julio ofrece un trato humano sencillo. Le divierte tomar el pelo a quien tiene con él una amigable relación continua, rompiendo normalmente el hielo. Casi siempre mantiene un espíritu jovial y de muy buen humor. Enseguida despierta en el otro una confianza y una espontaneidad en la relación. Gusta mirar de frente a su interlocutor, sonreír con una amabilidad que le brota fácilmente de su carácter transparente y expresar gestos muy humanos. 
 
Le acompaña una gran capacidad perceptiva: advierte el estado de ánimo de la persona o recuerda alguna cualidad que él conoce o su situación familiar o laboral, que utiliza para entrar en confianza y despertar el interés del otro.  El “Padre Julio”, como tan familiar y confiadamente le decían, goza de un sentido  y una valoración extraordinaria de la amistad. La lealtad, el respeto a la libertad de la otra persona, como la fidelidad, acompañan el cultivo y la realización de este valor tan profundamente humano.
 
Dotado de una viva y maravillosa imaginación y de una inteligencia clara, profunda y sensible, hacen que Mons. Julio goce de una cualidad que desborda y expresa con libertad y dominio manifesto: es un orador nato. Muchos de sus amigos, incluso quienes discrepan de su forma de pensar, le llaman “el pico de oro en la Iglesia de Bolivia”. A ello se le suma una facilidad grande para comunicarse con la gente, con su público. Más de una vez, le han escuchado decir que “cuando estoy delante de mucha gente reunida, me inspiro más fácilmente que cuando estoy delante de una máquina de escribir”. Este don ha facilitado, en gran medida, el desarrollo de su ministerio de la predicación de la Palabra pero también como conferencista en acontecimientos dentro y fuera del país.
 
Tiene el don de captar la atención de sus oyentes y sostener el interés de ellos por mucho tiempo, y es porque sabe llegar al corazón de las personas y conectar con sus sentimientos, su dolor, sufrimiento o sus alegrías. Cultiva una lectura asidua de la Sagrada Escritura, textos y artículos de teología en libros y revistas especializados, como también un seguimiento constante de la producción del magisterio de la Iglesia. 
 
Lee mucho y siempre está al día con las noticias diarias del periódico, la radio y la televisión. Tiene una gran capacidad de síntesis y de crítica propia a lo que acontece en la vida nacional, internacional y eclesial. El Cardenal tiene la convicción de que la oración es la forma más eminente e insustituible de encontrarse, experimentar y de estar permanentemente en la presencia de Dios. Él sabe que una práctica constante de la oración incorpora en el espíritu y en el contenido de la misma oración de Cristo, al Padre que “siempre intercede por nosotros”.
 
Julio Terrazas tiene un origen sencillo y humilde. Su hogar, en Vallegrande, constaba de una casita de adobe. Esta experiencia de pobreza y limitaciones constituyeron una marca importante en casi determinante para sentir, saber y vivir –en carne propia-, el fenómeno de la pobreza que luego, en los ojos de la fe, le sirvieron para comprender a fondo la misión que debe cumplir la Iglesia.
 
El proceso de formación de Mons. Julio no ha sido tal fácil. Para realizar sus primeros estudios de primaria, en su pueblo natal, tenía que ayudarse del “mechero” para preparar sus deberes escolares. Durante el día, además de asistir a la escuela, ayudaba a su padre en el taller y así contribuía al sustento de su hogar. Un día inesperado, el párroco de Vallegrande se hizo presente en la casa para proponerle una oportunidad: llevarlo a continuar sus estudios en Cochabamba, becado por el Obispado de esa Diócesis. Julio tenía 14 años. El cambio de un pueblo sencillo de provincia a una ciudad fue para él una experiencia de no poca importancia. Se abría un nuevo y vasto horizonte que después no pararía de expandirse hasta conocer el mundo entero con sus diversas culturas y adelantos científicos, su historia, sus acontecimientos sociales, políticos, económicos y también eclesiales, como el Concilio Vaticano II y la transformación del continente latinoamericano y caribeño. 
 
Convertido en Cardenal el 2001, Julio Terrazas no ha perdido ninguno de los rasgos de la personalidad que le forjaron su gran sensibilidad social. Comparte con gente sencilla de su pueblo, dialoga con los sacerdotes, con los jóvenes seminaristas y visita las comunidades con las que mantiene un contacto permanente. Todos estos rasgos han sido más que suficientes para que en la Iglesia lo conozcan como “El Cardenal del Pueblo”.
 
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23 de Mayo de 2013 Santa Cruz, Bolivia
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